¿Por Qué Dios Permite Las Guerras?

Por el Dr. David Martin Lloyd Jones
Traducido al Castellano por el Hno. Ricardo Pereddo
fuentedsabiduria@hotmail.com

“Entre tanto que voy, ocúpate en leer, en exhortar, en enseñar.” 1Timoteo 4:13

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No son de vuestras concupiscencias, las cuales combaten en vuestros miembros?
Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; Combatís y guerreáis, y no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”
Santiago 4:1-2

QUE DIOS PERMITE LAS GUERRAS, ES UN HECHO

¿Por qué lo permite? Primeramente debemos considerar el punto de vista de Dios en Su Sabrada Escritura, sobre las guerras.

“No es tanto el hecho de que la guerra como lo que es, es un pecado, sino el hecho de que las guerras son una consecuencia del pecado, o si Ud. lo prefiere, las guerras son una de las expresiones del pecado.”

Dios en Su Sagrada Escritura identifica y define la causa principal, más distante, final y al mismo tiempo central de la guerra. Él en Su Palabra define las causas que generalmente no tomamos en cuenta.

Además en Ella, Él no ignora los varios factores como el político, social, económico y psicológico de lo cual se ha dicho mucho.

Pero de acuerdo a Sus enseñanzas, estas cosas no son más que causas inmediatas usadas por los verdaderos agentes los cuales causan las guerras.

La entidad es mucho más profunda, Dios por medio del apóstol Santiago nos recuerda en Su Palabra, que la causa final de la guerra es nuestra concupiscencia y deseos ilícitos.

Esa falta de descanso que es parte de nosotros como resultado del pecado; ese deseo consumidor por las cosas ilícitas, y por aquello que no debemos o no podemos obtener.

Esas características pecaminosas en los seres humanos, se presentan en muchas maneras de nuestra vida personal, individual y colectiva, las cuales sacan la garra destructora y contaminan la relación de las naciones.

Esta es la causa raíz de los robos, celos, envidia, orgullo, odio, infidelidad, divorcio y precisamente de la misma manera, camino o guía a las disensiones, disputas, discordias, contenciones, peleas violentas y también a las guerras entre naciones.

Dios en Su Palabra no segrega o separa a la guerra como si esto fuera algo diferente, único ó apartado como nosotros regularmente tendemos a hacer en nuestra manera de pensar.

Dios deja ver claramente que la guerra es una de las manifestaciones del pecado, una de las consecuencias de nuestros pecados.

Es una de las manifestaciones que llegamos a apreciar en una mayor escala, o percibimos como una forma o acto terrible debido a la manera de esa manifestación.

Pero la guerra todavía en su esencia, es precisamente la misma manifestación como todas las otras consecuencias y efectos de nuestros pecados.

Pedirle a Dios que prohíba la guerra o que prevenga las guerras consecuentemente es pedirle a Dios que prohíba una de las consecuencias particulares de nuestros pecados.

En otras palabras, si por la gracia de Dios llegáramos a aprender el hecho de que la guerra misma es pecado, es pedirle que prohíba un pecado en particular.

Una vez más aquí vemos el egoísmo e hipocrecía humana envueltos en este pedido y también el insulto a Dios, porque esta forma particular de pecado o consecuencia del pecado, es especialmente dolorosa y difícil de soportar para nosotros.

El hecho que pidamos a Dios que lo prohíba, demuestra que no estamos preocupados para nada sobre la santidad de Dios ó por pecado alguno.

Pues si verdaderamente estuviésemos preocupados, le pediríamos que prohibiera toda clase de pecado y detuviese toda iniquidad empezando con nosotros mismos.

Le pediríamos que prohibiera la borrachera, las apuestas, la inmoralidad, los chismes, el uso de nuestro tiempo en cosas que no le agradan o glorifican Su Gran Nombre y la práctica malvada de la desobediencia de guardar Su día de reposo.

Le pediríamos que parara en nosotros las mentiras, la codicia, los malos pensamientos, las lujurias, la desobediencia a Su Palabra y el no leerla, la falta de santidad en nosotros, y todos los otros pecados que los seres humanos tanto disfrutan.

Pero si alguien se atreviera a sugerir esto, inmediatamente se registraría una protesta fuerte y en voz alta en el nombre de la supuesta “libertad” que muchos predican que el hombre tiene.

Muchos están orgullosos del supuesto “libre albedrío” que creen tener para decidir agradar a Dios y resienten cualquier sugerencia o enseñanza que diga que Dios debería en alguna manera interferir con él.

Sin embargo, cuando como resultado de esa supuesta “libertad” que engañosamente creen tener; se encuentran encarados con los horrores, problemas y sufrimientos de la guerra.

Como niños irritables y testarudos, levantan sus protestas y reclamos amargamente contra Dios, pues Él no ha usado Su omnipotencia y poderío para prevenirla.

Dios en Su Eterna e Infinita Sabiduría ha decidido no prohibir el pecado y tampoco restringir las consecuencias del pecado.

La guerra no es un problema espiritual y religioso aislado o separado, es simplemente una parte o forma de expresión del gran problema central que es el pecado.

LA GUERRA ES UNA CONSECUENCIA DEL PECADO

Es claro que Dios permite la guerra para que el hombre la soporte como castigo á las consecuencias de sus pecados. Esta es una ley fundamental que se expresa por sí misma en las palabras registradas por Dios:

"…todo lo que el hombre sembrare, eso también segará." Gálatas 6:7

El castigo que Dios da al ser humano por su pecado, no está total o completamente pospuesto para el Día Del Juicio.

Dios claramente nos deja saber que aquí en este mundo, nosotros soportamos parte del castigo por nuestros pecados.

¡Qué claro es esto presentado una y otra vez en la Sagrada Escritura a través de la historia de la nación de Israel! Ellos desobedecieron a Dios y se burlaron de Su Santa Ley una y otra y otra vez.

“Por un tiempo todo estaba bien, pero cuando el pueblo de Dios empezó a sufrir, Dios quitó Su cuidado protector y los dejó a merced de sus enemigos.
Y esos enemigos fueron azotes "…y sus dioses por tropiezo." para el pueblo de Dios debido a sus pecados.”

Ciertamente al principio de la creación y como resultado del primer pecado y transgresión del hombre, encontramos que Dios ordenó y decretó castigo.

Dios dijo "Maldita será la tierra por amor de ti; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida." Génesis 3:17

Cada consecuencia dolorosa del pecado es una parte medida de castigo por el pecado. Pero es posible que alguno levante la objeción y pregunte:

"¿Pero por qué es que los inocentes sufren?" La respuesta que Dios da, es doble en su esencia. Dios nos guía a aprender que delante de Él no existe una persona que sea inocente y declara:

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno;
No hay quien entienda, No hay quien busque á Dios;
Todos se apartaron, á una fueron hechos inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno:”
Romanos 3:10-12

Todos los seres humanos desde el más pequeño estamos llenos de pecado, Dios claramente nos deja saber que de nuestra propia voluntad no deseamos escuchar Sus mandatos, ni leer Su Palabra para que por Su gracia podamos encontrar Su sabiduría.

Y Dios registra esta verdad así:

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“OH congregación, ¿pronunciáis en verdad justicia? ¿Juzgáis rectamente, hijos de los hombres?
Antes con el corazón obráis iniquidades: Hacéis pesar la violencia de vuestras manos en la tierra.
Enajenáronse
[Apartáronse, Retraerse, Retirarse] los impíos desde la matriz; Descarriáronse desde el vientre, hablando mentira.
Veneno tienen semejante al veneno de la serpiente: Son como áspide sordo que cierra su oído;
Que no oye la voz de los que encantan, Por más hábil que el encantador sea.”
Salmo 58:1-5

“Pero además, nosotros claramente tenemos que cosechar las consecuencias no solamente de nuestro pecado personal, sino también de los pecados de todo el género humano.”

Y en una pequeña escala cosechamos el pago de los pecados de nuestro país o grupo en particular. Somos a una al mismo tiempo, individuos miembros del estado y de toda la humanidad.

El Verdadero Evangelio nos salva individualmente, pero eso no significa que dejamos de ser miembros del estado y parte de la raza humana.

Compartimos el mismo sol y lluvia con otras personas, y estamos expuestos a las mismas enfermedades y calamidades. Estamos sujetos a las mismas tribulaciones por la vía del desarrollo del desanimo y otras causas de desdicha, las cuales incluyen las guerras.

Como consecuencia los “inocentes” tienen que participar del castigo por pecados de los cuales ellos no necesariamente son directamente responsables.

LA GUERRA REVELA PECADO

Otra vez podemos ver claramente que Dios permite la guerra para que el ser humano pueda ver con mucha más claridad por medio de ella, que antes de ella lo que el pecado es realmente.

En tiempos de paz tendemos a mirar con ojos color rosa y a pensar muy ligeramente acerca del pecado, y tenemos ideas optimistas de la naturaleza humana. Pero por la gracia de Dios, la guerra nos revela al hombre en su verdadera naturaleza humana.

La primera guerra mundial hizo añicos del punto de vista que estaba inclinado a ver al ser humano desde un punto muy optimista, y reveló algo esencial de la naturaleza grotesca y pecaminosa del ser humano.

Un tiempo de crisis y de guerra, no es tiempo para generalizaciones superficiales e idealismos color de rosa, este nos obliga a examinar la verdadera fundación de la vida.

Ese tiempo nos hace encarar las preguntas directas sobre la razón de la naturaleza humana que nos lleva a tanta calamidad.

Las explicaciones no pueden ser encontradas solamente en las acciones de ciertos hombres, Dios en Su Sagrada Escritura nos deja ver que esto es algo que se encuentra muy profundamente arraigado e incrustado en el corazón del hombre, en el corazón de todos los seres humanos.

Ello es la falta del conocimiento del Verdadero Dios y Su Evangelio, lo cual nos lleva á la mezquindad, avaricia, envidia, amargura, malicia, el odio y celo que residen en el corazón humano.

De allí que estos pecados se revelan en las relaciones personales y sociales de la vida. Además debido a estos factores, todos estos pecados se manifiestan con amplitud en una escala nacional e internacional.

En la esfera personal el ser humano es muy hábil y tiende a esconderlos y encuentra explicaciones para excusarlos, pero en mayor escala ellos son mucho más evidentes.

El hombre en su orgullo y locura rehúsa escuchar la orden directa de Dios de dejar el pecado. El ser humano rehúsa tener un momento de comunión con Dios y rehúsa adherirse a la instrucción de Su Palabra.

El ser humano rechaza la gloriosa oferta de amor del Verdadero Evangelio. El ser humano cree que se conoce así mismo, y piensa que él es capaz de hacer un mundo perfecto enteramente sin Dios.

Lo que el ser humano no quiere reconocer ni aprender de sí mismo por medio de la predicación del Verdadero Evangelio en tiempo de paz, Dios se lo revela permitiendo calamidades y guerras las cuales le demuestran su verdadera naturaleza y los resultados de sus pecados.

Lo que el hombre rehúsa y rechaza cuando Dios le ofrece Su mano de amor, una de las maneras que Dios usa para revelárselo es cuando lo entrega a la aflicción.

LAS GUERRAS NOS VUELVEN A DIOS

Para Sus escogidos, la consecuencia y propósito final de Dios en todo esto, es volverlos a Él de la misma manera que el hijo pródigo fue traído a su padre.

Cuando nosotros perdemos todo y estamos sufriendo agudamente, en un estado de desgracia y miseria, viendo nuestra locura, imprudencia, disparate e insensatez, pensamos en Dios como él pensó en su padre [una representación bíblica de Dios] y su casa.

Ninguna otra frase para describir al pueblo escogido por Dios, los hijos de Israel; es encontrada tan frecuentemente en el Antiguo Testamento como esta:

“Y en el tiempo de su tribulación clamaron á ti, y tú desde los cielos los oíste”; Nehemías 9:27

Tristemente ellos estaban y están ciegos y debido a ello no han podido ver las bendiciones y bondad de Dios. Así como ahora, ellos no quisieron oír las apelaciones de Su amor y de Su gracia.

Pero cuando se encontraban en agonía, Dios les permitió que se acordaran de Él y les pemitiío que volvieran a Él.

Nosotros somos exactamente iguales, solamente volveremos a Dios y confiaremos en Él cuándo suframos y Él nos permita ver nuestra locura espiritual, la cual es generada por nuestra marcada insolvencia y total impotencia humana.

Verdaderamente cuando yo contemplo la vida y naturaleza humana, lo que más me sorprende no es que Dios admite y permite las guerras, sino Su paciencia y Su tolerancia para con nosotros.

“…que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos é injustos.”; Mateo 5:45

Él soportó la maldad y la perversidad de la nación de Israel por siglos. Y ahora 2.000 años más tarde, Él ha sido muy tolerante con un mundo que rechaza y rehúsa Su oferta de amor, incluso en la persona de Su Hijo Unigénito.

La pregunta que necesitamos hacer no es ¿por qué Dios permite las guerras? Sino, ¿por qué no permite Dios que el mundo se autodestruya en su iniquidad y pecado?

La pregunta es, ¿por qué Él en Su gracia restringente puso un límite a la maldad y al pecado, y un confín del cual no pueden pasar más allá?

“¡Oh, la maravillosa paciencia de Dios con este mundo pecador!
¡Que maravilloso es Su amor!
Él envió a Su Hijo amado a nuestro mundo para morir por Sus escogidos y para salvarnos del juicio eterno que ya ha empezado.”

Y porque el ser humano en su estado natural espiritualmente muerto no verá esto, Él permite y autoriza calamidades como las guerras para reprendernos, castigarnos, para enseñarnos, y para convencernos de nuestro pecado.

Y mayormente para llamar a los suyos al arrepentimiento y debido a que Él se ha propuesto darles Su don de gracia para salvación eterna.

La pregunta vital para nosotros no es ¿por qué Dios permite las guerras? La pregunta que debemos formularnos es, si verdaderamente somos movidos a buscar en Su Santa Escritura; la seguridad de que estamos aprendiendo las lecciones que Él nos da en Ella.

Debemos rogarle que nos de arrepentimiento delante de Él de los pecados de nuestro propio corazón, y de los pecados de la humanidad; los cuales dan como resultado las calamidades de la índole de las guerras.

¡Quiera Dios darnos entendimiento y un espíritu verdadero de arrepentimiento por la gracia de Su Gran Nombre, Su perdón y Su salvación para así tener entrada a los lugares celestiales con Él! ¡Amén!

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Todas las citas bíblicas han sido tomadas de la Antigua Versión Reina-Valera Revisión de 1909.